3/15/2017

Añoranza (I)

Se pone siempre tres pulsaciones en el jersey, dos tras las orejas, una en el cuello, otra en la nuca, y una en cada muñeca; lo hace frente al espejo, mirándose, como inmersa en un ritual ancestral de ungimiento.

Yo acostumbraba mirarla fascinado, excitado y rebosante de amor; ella no solía percatarse de que la espiaba, tan concentrada estaba en su propósito de oler siempre a exotismo, a locura, a vainilla, a ron y a camelias.
Y lo logra. Y ella sabe que lo consigue.

Después de todo el día, por la noche, solía acurrucarse a mi lado en ese sofá de ahí; yo hecho su almohada y su manta, su refugio.
Hundía mi cara en ese pelo suyo de princesa de cuento, y me perdía en el olor de su piel, de su cuello… Cada uno de sus movimientos es fragante y envolvente. Tomaba mis sentidos y los ponía del revés.
Ahora no sé cómo sacarme su olor de la cabeza.

Yo no sé cómo sacarla de mi pituitaria. Qué sé yo cuántas veces habré lavado las malditas sábanas, esas por las que antes restregaba mi nariz cuando por la mañana, mucho después de que se hubiese ido a trabajar, pareciera que ella siguiese a mi lado, tal era la estela de esa fragancia suya que quedaba sutilmente impregnada en mi barba y en mis sentidos, acompañándome en las horas en que no la veía.

Cuántas veces la contemplé embebida en su ritual de perfume. Olía a sensualidad, a belleza, a promesa, a ella.

Ahora no puedo sacar su olor de las habitaciones. Parece enganchado a la pintura de las paredes.

1/17/2017

Tú y yo y ya.



— Se me ha ocurrido que podríamos casarnos.
 — ¿¡Perdona!? — respondió él mirándola con los ojos desorbitados, a punto de echar por la nariz el trago de vino que acababa de tomar.
— ¡Sí! ¡Imagínatelo! Lo tengo todo aquí, dibujado con detalle — dijo ella señalándose la sien y dando votecitos de emoción en su silla.
 — Jajaja, eres tan peculiar que te comería a besos…
— Es en serio — aseveró la chica frenando en seco las risas de su novio desde hacía cuatro días, doce horas y veintidós segundos.
 — ¡Qué cosas tienes!
— ¿Acaso no me dijiste una vez que estabas enamorado de mí desde antes de conocerme, porque me habías imaginado tal cual soy?
 — Sí pero ¿casarnos?... ¡No puede ser! Jajaja
— Sí puede ser.
 — No
— Sí
 — Pero… ¿en serio?
— ¡En serio!
 — Pero Samantha… Esta es la primera vez que cenamos juntos, no nos conocemos, no…
— ¡No hay problema! Mira, solo quiero un matrimonio de diez días. Sin cenas familiares, sin gripes, nada de tapas del váter levantadas y por supuesto sin gritos.
 — Mmm… No suena mal… — se sorprendió a sí mismo considerando la propuesta.
— Solo helados de nata, besos, conversaciones hasta las tantas y cantar canciones de Alanis Morissette en el coche con las ventanillas bajadas — la cara de Darío reflejaba una mezcla de terror y fascinación; no sabía si se encontraba ante una loca, su peor pesadilla o la mujer de sus sueños — Tengo un amigo peluquero que es el mejor haciendo recogidos de novia. Tengo otro amigo maquillador  que es el mejor maquillando novias. También tengo unas amigas que hacen tartas personalizadas y son las mejores personalizando tartas nupciales. Y tengo escogido el vestido, el ramo, el menú, la vajilla y la luna de miel.
 — ¿Sabes? Yo tengo un amigo que es profesor de baile de salón. Creo que podría darnos unas clases exprés.
— ¡Eso es perfecto! Bailaremos un vals de Tchaikovsky…
 — ¿Te imaginas las caras de nuestros amigos cuando les enseñemos las alianzas?
— ¿Te imaginas París de noche?
 — ¿Y qué mejor ocasión para celebrar una fiesta?
— ¡Con Möet!
 — ¡Y cerveza!
— ¡Cincuenta botellas!
 — ¡Que sean cien!
— ¡Y un millón de peonías!
 — ¡Un día en Versalles!
— ¡Tú y yo y ya!
 — ¡Y ya! — Darío cayó sobre su rodilla derecha apoyando en el regazo de ellas las manos de ambos entrelazadas — ¿Quieres casarte conmigo? — Samantha se quedó pensativa unos segundos…
— La pedida no era así…
 — Ah, ¿no?
— No
 — Pero…
— ¡Sí!
 — ¿Sí qué?
— ¡Sí quiero!
 — ¿Y cómo es que yo la quiero tanto a usted?

Se besaron locamente y todo el restaurante aplaudió.



*Photo credit: https://www.facebook.com/loqueellosnosabenoficial/?fref=ts



12/29/2016

Todo sucede por algo.

— Todo sucede por algo — le dijo a la Luna — ¿Sabías que si en este mismo instante alguien se corta al abrir una lata de soda en Baton Rouge, irá al hospital y le curará la mano una enfermera que hace dos veranos pisó el asfalto sobre el que ahora estoy sentado? Pues así es. Y puede que incluso dejara aquí alguna lágrima al despedirse de un madrileño que ahora está mirándote desde una buhardilla, a lo mejor incluso está hablando contigo como hago yo — No es que fuera la Luna una gran conversadora habitualmente, ella es más de escuchar, pero es que aquella noche estaba especialmente silenciosa…

En un restaurante cercano, Maribel enchufó una nevera industrial cuyo cable habían mordisqueado los ratones; justo al lado, Johnny se preparó un batido en una potente batidora de última generación, y Ana puso a cargar su tablet dos portales más allá. Hicieron parpadear un segundo las luces que decoraban las calles de la ciudad; grandes bolas blancas formadas por miles de lucecitas, titilaron un solo segundo al otro lado de la ventana de Ginebra, quien hacía media hora que se había acostado sintiéndose sola en su nuevo apartamento aún sin cortinas.

«¡Diantre! ¡Debo de ser el gato más tonto de Madrid! ¡Hablando con una bombilla gigante, confundiéndola con la Luna!» exclamó para sí el michino allí sentado en la acera, en diciembre, a las tantas de la noche «Si no fuera porque soy un gato optimista, pensaría que mi familia no fue tan bondadosa como creía cuando tuvieron la brillante idea de abrir la puerta de mi transportín en aquel parque “para que viera mundo”» pensaba mientras buscaba medio cojo y magullado el refugio de un portal cercano.
«Empiezo a tener hambre de nuevo y hace un frío del carajo… Para colmo ponen lunas artificiales en el cielo... La dura vida de los rebeldes»

Ginebra abrió la ventana de su habitación, un primer piso justo encima de la portería de su edificio. El fugaz cambio en la iluminación al otro lado de sus cristales, había interrumpido el sueño ligero que con tanto esfuerzo había logrado conciliar.
Veía la calle engalanada y festiva; algunos grupos de personas vestidas para triunfar, iban y venían de cenas de empresa, haciendo eses, tonteando con los compañeros y con la vida, que parecía ser más fácil en esas fechas.
«¿Qué hago yo aquí intentando ser feliz tan lejos de casa?» se preguntaba justo en el momento en que un nigromante con las uñas pintadas de negro se cortaba la mano al abrir una lata de refresco en Baton Rouge, y exclamaba una maldición en español que había oído de refilón en las calles de Santa Fe. También en ese instante le entró al ojo un copo de nieve a un niño llamado Sacha quien, sin mucho abrigo, patinaba sobre el hielo en Moscú, y cuando este tosió, una chica se volvió a mirarle y recordó al ver su bufanda roja, a aquella chica de la boina carmesí que paseaba por París el pasado noviembre.

Ginebra trajo a su mente sus paseos por la Ciudad de la Luz, con su boina roja, regalo de Jean Pierre… Y dejó caer una lágrima sobre el gato que camino del portal miró hacia arriba sin saber si llovía o si la Luna le había escupido burlándose de su situación y de esas patas suyas que solían ser tan blancas y ahora estaban tan negras.

— ¡Ya está bien! — maulló el pequeño mirando hacia arriba. Y Ginebra miró hacia abajo. Y una estrella colisionó en aquel momento en que se encontraron sus ojos, tan parecidos, ambos llenos de soledad y de esperanza; y Ginebra bajó al portal, cogió al minino en brazos, puros huesos y mugre.
— ¿Qué haces tú solito, ángel mío? — Le decía la chica a su nuevo compañero de vida — Ea, ea, pequeñín, ya estás en casa. Mañana iré a comprarte una cunita, un cuenco para comida y algún juguete…
«Creo que aprovecharé para comprar también un árbol de Navidad…» se le ocurrió a Ginebra — ¿No te parece a ti, Casiopea, que ya va siendo hora de ser felices? —
Casiopea ronroneó y la Luna le guiñó el ojo al Espíritu de la Navidad.

— Todo sucede por algo… — murmuró Jean Pierre mientras el fogonazo de un recuerdo prendía en su mente haciéndole marcar un número de teléfono frente a la Torre Eiffel iluminada. El nigromante sonrió en Luisiana.

3/09/2016


Cuando era pequeña, se subía en la encimera de la cocina para alcanzar las chocolatinas; al bajar, tenía cuidado e iba de puntillas hasta su habitación con el tesoro a buen seguro bajo la camiseta de su pijama. 

Así aprendió a caminar silenciosa, sin hacer ruido con los pasos. 

Cuando creció 

12/10/2014

Vals breve de recuerdos eternos


Tu recuerdo está siempre tan presente en mí, que forma parte de mi cuerpo y de mi expresión. No puedo olvidar tu cara, tu sonrisa, tu forma de mirar(me), el olor de tu cuello, el roce de tu pelo… Estás en mí desafiando la distancia.

Y sé que yo también estoy en ti, porque vivo en tus ojos cuando volvemos a vernos, y solo entonces soy completa, cuando el yo que está en mí, recupera al yo que se queda contigo cuando me voy.


Imagen: Camille Claudel, Le Vals.

Una carta de amor

De todas las cosas aparentemente simples que amo en la vida, probablemente una de las que más ame de todas sea cenar sentada en la encimera de la cocina de mi abuela. Allí encaramada, con los pies colgando, nada malo puede pasarme, el mundo parece un lugar más amable.

Lo mágico no es la encimera, ni la cocina, ni tan siquiera la cena, sino mi abuela Amelia. Ella ha sido, es y siempre será mi persona favorita del Universo, sin más. Dicen que todas las abuelas son especiales; yo no lo creo, hay abuelas y abuelas, pero la mía es perfecta.

Es perfecta su nariz, su sonrisa, sus ojos, su cultura. Es perfecto el tono de su voz, sus manos, su máquina de coser, su coquetería, su pelo, su olor. Son perfectas sus recetas, sus regañinas, sus ocurrencias. Son perfectos sus “te quiero”, sus gustos, su forma de abrir la puerta, su manera de contestar el teléfono. Es perfecta cuando me llama “cariño”, cuando me aconseja, mientras cocina, al perfumarse, al ponerse los pendientes. Ama es perfecta en la playa, en la piscina, sentada en el salón, en invierno, en Navidad, en la calle, en Madrid, en Bilbao, en París, en Roma, en Florencia, en su casa, en la mía.

La llamo Ama, Amatxu a veces; otras veces no la llamo, solo la miro, la miro sin parar, me impregno de su elegancia, de su belleza infinita, del brillo de sus ojos sabios y juveniles, valientes, amorosos.

Me daba miedo ponerme a escribirle algo así, pareciera que esta especie de cartas que no esperan respuesta se relacionaran siempre con los homenajes póstumos a las personas que hemos querido. Pero no es así. Debemos superar los convencionalismos y pudores que nos alejan de la belleza que supone homenajear, agasajar y amar cada día a las personas que queremos y que son nuestro mundo.

Es el cumpleaños de mi abuela Amelia, y yo, cada día de mi vida, quiero regalarle lo mejor de mí; dicen que lo que mejor hago es escribir, y a ella le enorgullece leerme. A mi ella me obsequia cada día con su presencia en mi vida, y doy gracias al Cielo cada noche por regalarme una abuela así, perfecta.

Hoy, porque sí más que porque es tu cumpleaños, porque quiero y porque cada día llenas de perfección mi vida estando ahí, te digo Ama:

TE QUIERO, te quiero más de lo que nunca querré a nadie, nunca me faltes.

Claudia.

Un armario que huele a Hadas



Hay un pequeño armario en mi casa que huele a Oriente. Huele a especias y a incienso aunque no contiene ni lo uno ni lo otro. Huele cálido y acogedor.

De vez en cuando abro ese rincón de mi salón; contiene libros, porongos para mate y algunas figuras antiguas, todo en un desordenado orden que roza la perfección. Creo que los reconfortantes olores no proceden de las figuras ni de los porongos, sino de un libro de hadas que descansa junto a las obras de Julio Verne y las de Paul Auster. Siempre he pensado que es mágico, tiene algo especial. Sus ilustraciones llamaban mi atención de pequeña y siguen haciéndolo hoy en día. Los lugares lejanos a los que me transporta ese gran libro deben de oler como mi armario, a flores exóticas, a seres imaginarios y bellos que utilizan perfumes especiados para conquistar el amor de las caléndulas y los geranios…