—
Todo sucede por algo — le dijo a la Luna — ¿Sabías que si en este mismo
instante alguien se corta al abrir una lata de soda en Baton Rouge, irá al
hospital y le curará la mano una enfermera que hace dos veranos pisó el asfalto
sobre el que ahora estoy sentado? Pues así es. Y puede que incluso dejara aquí
alguna lágrima al despedirse de un madrileño que ahora está mirándote desde una
buhardilla, a lo mejor incluso está hablando contigo como hago yo — No es que
fuera la Luna una gran conversadora habitualmente, ella es más de escuchar,
pero es que aquella noche estaba especialmente silenciosa…
En
un restaurante cercano, Maribel enchufó una nevera industrial cuyo cable habían
mordisqueado los ratones; justo al lado, Johnny se preparó un batido en una
potente batidora de última generación, y Ana puso a cargar su tablet dos
portales más allá. Hicieron parpadear un segundo las luces que decoraban las
calles de la ciudad; grandes bolas blancas formadas por miles de lucecitas,
titilaron un solo segundo al otro lado de la ventana de Ginebra, quien hacía
media hora que se había acostado sintiéndose sola en su nuevo apartamento aún
sin cortinas.
«¡Diantre!
¡Debo de ser el gato más tonto de Madrid! ¡Hablando con una bombilla gigante,
confundiéndola con la Luna!» exclamó para sí el michino allí sentado en la
acera, en diciembre, a las tantas de la noche «Si no fuera porque soy un gato
optimista, pensaría que mi familia no fue tan bondadosa como creía cuando
tuvieron la brillante idea de abrir la puerta de mi transportín en aquel parque
“para que viera mundo”» pensaba mientras buscaba medio cojo y magullado el
refugio de un portal cercano.
«Empiezo
a tener hambre de nuevo y hace un frío del carajo… Para colmo ponen lunas
artificiales en el cielo... La dura vida de los rebeldes»
Ginebra
abrió la ventana de su habitación, un primer piso justo encima de la portería
de su edificio. El fugaz cambio en la iluminación al otro lado de sus
cristales, había interrumpido el sueño ligero que con tanto esfuerzo había
logrado conciliar.
Veía
la calle engalanada y festiva; algunos grupos de personas vestidas para
triunfar, iban y venían de cenas de empresa, haciendo eses, tonteando con los
compañeros y con la vida, que parecía ser más fácil en esas fechas.
«¿Qué
hago yo aquí intentando ser feliz tan lejos de casa?» se preguntaba justo en el
momento en que un nigromante con las uñas pintadas de negro se cortaba la mano
al abrir una lata de refresco en Baton Rouge, y exclamaba una maldición en
español que había oído de refilón en las calles de Santa Fe. También en ese
instante le entró al ojo un copo de nieve a un niño llamado Sacha quien, sin
mucho abrigo, patinaba sobre el hielo en Moscú, y cuando este tosió, una chica
se volvió a mirarle y recordó al ver su bufanda roja, a aquella chica de la
boina carmesí que paseaba por París el pasado noviembre.
Ginebra
trajo a su mente sus paseos por la Ciudad de la Luz, con su boina roja, regalo
de Jean Pierre… Y dejó caer una lágrima sobre el gato que camino del portal
miró hacia arriba sin saber si llovía o si la Luna le había escupido burlándose
de su situación y de esas patas suyas que solían ser tan blancas y ahora
estaban tan negras.
—
¡Ya está bien! — maulló el pequeño mirando hacia arriba. Y Ginebra miró hacia
abajo. Y una estrella colisionó en aquel momento en que se encontraron sus
ojos, tan parecidos, ambos llenos de soledad y de esperanza; y Ginebra bajó al
portal, cogió al minino en brazos, puros huesos y mugre.
—
¿Qué haces tú solito, ángel mío? — Le decía la chica a su nuevo compañero de
vida — Ea, ea, pequeñín, ya estás en casa. Mañana iré a comprarte una cunita,
un cuenco para comida y algún juguete…
«Creo
que aprovecharé para comprar también un árbol de Navidad…» se le ocurrió a
Ginebra — ¿No te parece a ti, Casiopea, que ya va siendo hora de ser felices? —
Casiopea
ronroneó y la Luna le guiñó el ojo al Espíritu de la Navidad.
—
Todo sucede por algo… — murmuró Jean Pierre mientras el fogonazo de un recuerdo
prendía en su mente haciéndole marcar un número de teléfono frente a la Torre
Eiffel iluminada. El nigromante sonrió en Luisiana.
Muy interesante, coincido contigo "todo sucede por algo"
ResponderEliminar¡Muchas gracias, Manuel! Sí, yo creo que así es :) <3
EliminarQue maravilloso cuento de Navidad!!!
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