— Se me ha ocurrido que podríamos casarnos.
— ¿¡Perdona!? — respondió él mirándola con los ojos desorbitados, a punto de echar por la nariz el trago de vino que acababa de tomar.
— ¡Sí! ¡Imagínatelo! Lo tengo todo aquí, dibujado con detalle — dijo ella señalándose la sien y dando votecitos de emoción en su silla.
— Jajaja, eres tan peculiar que te comería a besos…
— Es en serio — aseveró la chica frenando en seco las risas de su novio desde hacía cuatro días, doce horas y veintidós segundos.
— ¡Qué cosas tienes!
— ¿Acaso no me dijiste una vez que estabas enamorado de mí desde antes de conocerme, porque me habías imaginado tal cual soy?
— Sí pero ¿casarnos?... ¡No puede ser! Jajaja
— Sí puede ser.
— No
— Sí
— Pero… ¿en serio?
— ¡En serio!
— Pero Samantha… Esta es la primera vez que cenamos juntos, no nos conocemos, no…
— ¡No hay problema! Mira, solo quiero un matrimonio de diez días. Sin cenas familiares, sin gripes, nada de tapas del váter levantadas y por supuesto sin gritos.
— Mmm… No suena mal… — se sorprendió a sí mismo considerando la propuesta.
— Solo helados de nata, besos, conversaciones hasta las tantas y cantar canciones de Alanis Morissette en el coche con las ventanillas bajadas — la cara de Darío reflejaba una mezcla de terror y fascinación; no sabía si se encontraba ante una loca, su peor pesadilla o la mujer de sus sueños — Tengo un amigo peluquero que es el mejor haciendo recogidos de novia. Tengo otro amigo maquillador que es el mejor maquillando novias. También tengo unas amigas que hacen tartas personalizadas y son las mejores personalizando tartas nupciales. Y tengo escogido el vestido, el ramo, el menú, la vajilla y la luna de miel.
— ¿Sabes? Yo tengo un amigo que es profesor de baile de salón. Creo que podría darnos unas clases exprés.
— ¡Eso es perfecto! Bailaremos un vals de Tchaikovsky…
— ¿Te imaginas las caras de nuestros amigos cuando les enseñemos las alianzas?
— ¿Te imaginas París de noche?
— ¿Y qué mejor ocasión para celebrar una fiesta?
— ¡Con Möet!
— ¡Y cerveza!
— ¡Cincuenta botellas!
— ¡Que sean cien!
— ¡Y un millón de peonías!
— ¡Un día en Versalles!
— ¡Tú y yo y ya!
— ¡Y ya! — Darío cayó sobre su rodilla derecha apoyando en el regazo de ellas las manos de ambos entrelazadas — ¿Quieres casarte conmigo? — Samantha se quedó pensativa unos segundos…
— La pedida no era así…
— Ah, ¿no?
— No
— Pero…
— ¡Sí!
— ¿Sí qué?
— ¡Sí quiero!
— ¿Y cómo es que yo la quiero tanto a usted?
Se besaron locamente y todo el restaurante aplaudió.
*Photo credit: https://www.facebook.com/loqueellosnosabenoficial/?fref=ts
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