Se
pone siempre tres pulsaciones en el jersey, dos tras las orejas, una en el
cuello, otra en la nuca, y una en cada muñeca; lo hace frente al espejo, mirándose,
como inmersa en un ritual ancestral de ungimiento.
Yo
acostumbraba mirarla fascinado, excitado y rebosante de amor; ella no solía
percatarse de que la espiaba, tan concentrada estaba en su propósito de oler
siempre a exotismo, a locura, a vainilla, a ron y a camelias.
Y lo
logra. Y ella sabe que lo consigue.
Después
de todo el día, por la noche, solía acurrucarse a mi lado en ese sofá de ahí;
yo hecho su almohada y su manta, su refugio.
Hundía
mi cara en ese pelo suyo de princesa de cuento, y me perdía en el olor de su
piel, de su cuello… Cada uno de sus movimientos es fragante y envolvente.
Tomaba mis sentidos y los ponía del revés.
Ahora
no sé cómo sacarme su olor de la cabeza.
Yo
no sé cómo sacarla de mi pituitaria. Qué sé yo cuántas veces habré lavado las
malditas sábanas, esas por las que antes restregaba mi nariz cuando por la
mañana, mucho después de que se hubiese ido a trabajar, pareciera que ella siguiese
a mi lado, tal era la estela de esa fragancia suya que quedaba sutilmente
impregnada en mi barba y en mis sentidos, acompañándome en las horas en que no
la veía.
Cuántas
veces la contemplé embebida en su ritual de perfume. Olía a sensualidad, a
belleza, a promesa, a ella.
Ahora
no puedo sacar su olor de las habitaciones. Parece enganchado a la pintura de
las paredes.
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